Francisco León

El santo de las ruinas: Radio Atacama

El santo de las ruinas: Radio Atacama

El santo de las ruinas: Radio Atacama

(Concurso internacional de cortometrajes)

La metáfora catastrófica de las ciudades o de los pueblos que, tras años de esforzado poblamiento, son de repente arrasados o maldecidos, nos avisa del destino incierto de la humanidad. El cine de ciencia ficción nos ha regalado toda clase de versiones al respecto, imaginativas unas, disparatadas otras, absolutamente intolerables la mayoría. La gran bomba, el virus mortífero o el maremoto moderno… todo vale para establecer el nuevo escenario, el escenario mental en el que un ser ha de recomponer los recuerdos, o por lo menos preservarlos para una refundación futura. Los colectivos humanos, por muy ideal que sea su convivencia, están avisados por los dioses de la fatalidad: nadie está a salvo de ser volatilizado, descuartizado, nadie puede apartarse de la ira de los hombres ni ignorar los designios divinos. Curiosamente, la metáfora segunda, engendrada a partir de la primera y establecida sobre un paisaje que agoniza resulta aún más abismal: las superruinas del nuevo Edén, el Edén en que la simbología de lo colectivo muta en una soledad casi mística y la comunicación del origen en un susurro lejano e incomprensible que viene desde el fondo fragmentado de la historia. Radio Atacama bordea, de la mano de su realizador, Víctor Cerdán, los círculos del infierno. En este caso, la metáfora del abandono y su trans-producto, las ruinas santas, no aparecen en la pantalla como la sombra de una ficción de cartón piedra. Pedro de Valdivia, aparte de un conquistador español empeñado en colonizar el vacío, es un poblamiento chileno situado en cualquier punto perdido del gran desierto de Atacama: una ciudadela sin rostro, triturada por las arenas y sin otro destino que una pausada oxidación. En 1996 las autoridades chilenas deciden evacuar este pueblo. Las aguas de Pedro de Valdivia han quedado contaminadas por una fuga en una planta de salitres muy próxima. Tras la evacuación, lo que queda en Pedro de Valdivia es ese tipo de silencio en el que tan sólo pueden sobrevivir los hijos de la locura. Grandes extensiones de tierras amarillosas, barracones destartalados, muros cuyos dientes se caen, casuchas podridas, torres de fábricas retorcidas, calles avasalladas por el polvo, sol aniquilador. ¿Quién es el santo que guardará la memoria de los tiempos en que el hombre hollaba la esperanza en Pedro de Valdivia? Desde el fondo de un cuartucho desvencijado y herrumbroso asciende el soniquete de una radio de música moderna: es la respuesta que esperábamos —y que no se hace esperar—. Es el transistor que pertenece al único habitante de Pedro de Valdivia, Benito Paften, el encargado de guardar la memoria del mundo y, a la vez, si la ira del desierto no lo convierte en estatua de sal, el ojo que ha de ver la venida futura del Edén. Paften es el santo loco de Radio Atacama. Cerdán lo sabe, o por lo menos lo intuye. La respiración del santo se superpone al silencio atronador del desierto. Las escoriaciones de su rostro requemado son las llagas, los estigmas de su misión, y compiten, en el proceso de corrupción física, con los muros y las chapas de Pedro de Valdivia. Macrocosmos (poblamiento) y microcosmos (Benito Paften) y en medio, envolviéndolo todo el desierto de Atacama, uno de los más tristes y secos de la Tierra. El espectador en seguida se pregunta el motivo por el que Paften ha decidido permanecer en el vacío aterrador. ¿Lo retienen los muertos, la propiedad de su casa, sus inútiles pertenencias? En realidad no hay nada material que ate a Paften al lugar. O por lo menos nada que, para nosotros, tenga un valor físico. La santidad en los desiertos exige un grado no pequeño de locura, de lo que los griegos llamaba hybris. Enfrentarse a los designios y los fatalismos que imponen los dioses entraña —visto desde fuera— la asunción de la locura. Para el espectador Paften está completamente loco, o por lo menos en vía de volverse chiflado. Vive en ese muladar porque el mismo se ha excluido. Para Cerdán, Paften bordea un espacio existencial entre la fantasmagoría, la disolución y la sacralidad. Cerdán sitúa a Paften entre una realidad que el ojo humano apenas puede abarcar —sólo la cámara logra sugerir las dimensiones de ese asombroso lugar— y que la mente se niega a comprender. Para Cerdán, Paften habita entre el cielo, ese cielo de espejismo envuelto en una música sinfónica, y la materia ruinosa que pugnará durante siglos por revivir o extraviarse del todo. La cámara no afirma ni niega, solo muestra; no se mueve, no busca, no pretende. Lo que aparece ha estado ahí desde tiempos sin fin. Cerdán se extasía, se queda paralizado ante lo que ve y no termina de comprender. El párpado se abre y aparece el drama de los dramas: ¿una momia humana? Nosotros, sin embargo, vemos a un descaminado, un pobre diablo a la deriva, alguien que no sabe. Cerdán ve al eremita, la oruga que un día se convertirá en radiante mariposa; hasta tal punto que, como en cierto cuentos de Borges, se podría afirmar que para Paften, Paften no existe.

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