Francisco León

El encuentro con el vacío

El encuentro con el vacío

Imágenes Secretas

Diana Toucedo / 17’ / 2013 / España / Spain / HD

Concurso nacional de cortometrajes

Puede que las visiones del diario fílmico pertenecientes a Imágenes secretas de Diana Toucedo pasen inadvertidas en esta novena edición del MiradasDoc. La musculatura estética y compositiva de, por ejemplo, Farewell to Hollywood, o de Un camino in verso, o de N, the Madness of reason o, cómo no, de La pasión de Judas (tarde o temprano tendremos que hablar aquí del sarcástico David Pantaleón y su inclasificable film) sin duda eclipsarán con su fulgor la intimidad levísima que, en tan sólo 17 minutos, logra confirmar la cineasta española. Todo podría resumirse en un viaje silencioso, casi mudo, hasta los confines del mundo en busca de un padre ausente cuyas huellas están a punto de desaparecer. En la mitad de su vida, quien maneja esta cámara solitaria parece decidida a perseguir el rastro cada vez más agónico de su padre, un marinero enrolado en busques de pesca. En realidad, Toucedo busca un recuerdo, un fantasma, una presencia casi abstracta que se traduce en imágenes vinculadas a su propia intimidad cotidiana: un cuarto de baño iluminado con una luz amarillosa, el paisaje de anochecer que puede verse desde una ventana, los giros de la espuma en una taza de café… Se trata de un diario en el que se indaga tanto en la vida del padre ido como en la propia idiosincrasia. ¿Quién eres, quién soy? Poco a poco, con un ritmo sereno, introspectivo, teñido por melancolía, el rastro de este padre nebuloso la conduce hasta las profundidades del continente americano: la Patagonia. Toucedo impone el ritmo exacto de un diario claramente meditativo, con toques de cuidada poesía, y en el que la voz humana ha desaparecido por completo: imagen y escritura potencian los rasgos del género del diario fílmico. Por otra parte, el trenzado de los planos crea poco a poco un relato que no pretende más que la posibilidad de que, sobre un mueble, en el borde de una puerta, en un muro, persista la huella salvadora del padre. A pesar de que la voz ha sido erradicada, o precisamente por ello, hay que agradecerle a Toucedo que haya evitado los planos estáticos de larga duración, al estilo de El hombre congelado o de las películas de Mizoguchi. El ojo del espectador quedará hechizado enseguida por la extraña naturaleza de la luz que la cineasta logra solidificar en los mejores momentos del film. A medida que el corto avanza, los espacios se transforman y se pasa de la civilización acomodada y previsible de los aeropuertos a los paisajes abiertos, semidesérticos, gélidos y cada vez más vacíos. El encuentro con lo remoto es el momento en que Toucedo amplía la profundidad de sus apuntes diarísticos, legibles en la base de la imagen como subtítulos de un pensamiento retórico que no espera respuesta alguna y que bordea siempre el asombro y la reprensión: una y otra vez la cineasta se dirige al padre: ¿cómo fue posible que, durante tantos años, permanecieras en un lugar tan ajeno a nuestra familia. Nada de esto tiene que ver con nosotros, dice Toucedo a modo de reproche. El mito o símbolo del hotel del final del mundo (como en el dramático final de la Jenny de Dieterle o las pinturas sin nadie de Edward Hooper) aparece aquí iluminado con las pinceladas melancólicas, casi hipocondríacas, de colores desvaídos, en un cabo perdido y azotado por los vientos de un mar hostil. En el hotel del fin de mundo, Toucedo cree ver en cada rostro, en cada gesto, en cada mirada perdida, el aura del padre. Pero se trata de otro espejismo. Toucedo parece ignorar que el cabo del fin del mundo, en el hotel fantasmal, las personas pierden definitivamente la memoria, se vacían de sí mismos y terminan perdiendo el camino de vuelta. Todo de pronto es anonimia, desencuentro, tristeza. El padre aún está más allá, en los mares, en las ventiscas y las galernas. Su trabajo de marino en los buques de pesca es una metáfora del eterno desplazamiento, en cierta manera, una traición a los orígenes y a la familia. 17 minutos, repetimos, de intensa intimidad, de planos colmados de desconsuelo, de serenidad, de poesía.

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