Francisco León

Farewell to Hollywood / Adiós Hollywood

Farewell to Hollywood / Adiós Hollywood

Henry Corra, Regina Nicholson / 102’ / 2014 / USA

Concurso Internacional: Largometrajes

La única oportunidad que le queda a Reggie (Regina Diane Nicholson) para cumplir su sueño y convertirse en directora de cine pasa por transfigurarse ella misma en el tema de una de las piezas de living cinema (cine vivo) del prestigioso Henry Corra. Aunque con estilos completamente diversos, la propuesta nos retrotrae a El relámpago sobre el agua (1980) de Win Wenders, película documental en el que el conocido director alemán registra los últimos días de la existencia de Nicholas Ray (autor de Rebelde sin causa o Johnny Guitar) condenado por un cáncer de pulmón que lo llevó a la tumba en 1979. No es esta la única similitud entre ambas películas, por cierto: el parecido físico entre el Wenders desaliñado de los años 80 y Corra (Corra parece un Wenders del siglo veintiuno) es más que curioso. Pero al contrario que Nicholas Ray, uno de los maestros del cine de entretenimiento norteamericano, la encantadora Reggie es una de las cientos y cientos de jóvenes americanas cuya única ilusión en la vida consiste en ponerse una cámara al hombro y rodar, convertida en Uma Thurman, un Pulp Fiction o un Batman. Sin embargo, el galopante cáncer que sufre Reggie y su dramática juventud le ponen por delante un horizonte poco alentador. Se dice, no sin razón, que el género del documental creativo tiene como rasgo principal la mostración de realidades que el cine convencional tiende a desvanecer en una bruma: la bruma de la comodidad. Nadie en su sano juicio desea ver morir a una persona en una pantalla. Pero el método del docu suele ser, precisamente, adentrarse en esa bruma para descubrirnos realidades, espacios, reflexiones y vivencias que son parte integral del mundo y de la existencia de los seres humanos. Por ello todo docu, de una u otra forma, debe contener en su metraje el momento crítico en que la cámara atraviesa ese velo de Maya. Algo así como el punctum barthesiano en el género de la fotografía. En el docu, en cambio, ese punctum no está congelado, sino que aparece como un trance que puede durar segundos, minutos e incluso gran parte del film. Depende de los conocimientos y el estilo de los directores, por supuesto: unas veces ese trance es casi translúcido y el espectador cruza sin darse cuenta al otro lado de la bruma. En otras ocasiones, ese instante es tan doloroso como un parto y su sola visión ―más si es colocado y rodado con la sabiduría de Henry Corra― consigue que nunca más seamos la misma persona: hemos entrado en el espacio de las realidades absolutas, hemos superado el límite. En Farewell to Hollywood el instante de crisis, el punto de trance, es tan potente y tan obvio que casi no sería necesario explicitarlo ahora. Las sesiones de quimioterapia son el precio que Reggie debe pagar al Karonte, su madre, si desea grabar su película y convertirse en directora de cine al menos una sola vez en su corta vida; de modo que, en cierta manera, la condición que el dios del cine le impone a Reggie para convertirse en «una de las suyas» es atravesar la terrible realidad de su propia y definitiva experiencia. No habrá vuelta atrás para la joven. Esa condición se explicita en la escena en que, tras recibir las duras sesiones de quimio, la joven Reggie, sentada en al cama de un hospital, rodeada de tubos, se arranca a puñados mechones de su preciosos cabello negro. Sin duda se trata la escena más cruel y aterradora de la película. Farewell to Hollywood es, con diferencia, una película durísima, tal vez la más intransigentemente dura de cuantas se proyectan este año en MiradasDoc. No es una película sobre la muerte o el cáncer, meramente, es una película sobre la fuerza arrebatadora e ilógica de la muerte, y de cómo esa «fuerza sin moral» se lleva por delante incluso las ilusiones más puras y nacientes. Pero Corra, bordeando el homenaje, prefiere los espacios iluminados, la claridad de la escena, las transparencias de la luz, alejándose así de Wenders, que en su Relámpago sobre el agua se deja hipnotizar por la oscuridad del tema, los claroscuros tormentosos y la tenebrosidad de Nicholas Ray. Mientras que en el docu de Wenders, el señor Ray llega a ser ofensivo, injurioso y provocativo (el dolor del cáncer lo convierte en un demonio agresivo que impugna el objetivo de la cámara con el puño en alto), Corra ofrece a una Reggie dulce, llena de humanidad (sólo se le escapa un único y lloroso fucking pain!), que trata además por todos los medios de dar su mejor y última versión ante la cámara. La película acaba y Reggie se convierte en codirectora del metraje que el espectador acaba de ver. Un truco anti-ficcional bien encajado. Como en los poemas de Quevedo, como en la película de Wenders sucede con los restos de Ray, las cenizas de Reggie son entregadas al mar. Es, frente a la obscenidad de retratar la muerte y la desilusión, el único gesto de consolación que este contundente Corra deja en los ojos conmovidos del espectador.

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