Francisco León

Vida y obra de un caballo

Vida y obra de un caballo

Almaz

Victor Asliuk / 30’/ 2013 / Bielorrusia

Concurso internacional: cortometrajes

En algún punto perdido de las llanuras centroeuropeas, en algún paraíso bielorruso exuberante pero solitario, lleno de cantos de pájaros, neblinas matutinas, chicharras chispeantes, hierbas y flores de todas las clases y colores, viven un caballo y un granjero, ni muy sabios, ni muy viejos, ni muy simples. Un granjero y un caballo. Esta es la primaveral presentación de uno de los pocos cortos (o el único) que en esta edición de MiradasDoc ha echado mano de la siempre agradecida compañía de los animales protagonistas. Quien tenga la costumbre de analizar mientras mira la pantalla, recordará ese tópico según el cual una de las cosas más difíciles de hacer en cine consiste en filmar a un protagonista con cuatro patas. Es cierto: pero del cine de ficción. Quien siga reflexionando mientras las imágenes de un caballo y su amo se van sucediendo, llegará a la conclusión de que grabar animales, especialmente grabar un caballo, un único caballo (ni siquiera tres, o cuatro, o trescientos como en las pelis de John Ford), para, ¡encima!, incluirlo como personaje central en un docu sobre la soledad compartida entre un agricultor y un equino, no pasa de ser una perita en dulce. No es que sea fácil, simplemente resulta simple. Todo esto es cierto. Como asimismo es cierto que a cualquiera que se siente a ver Almaz, esta media hora solitaria de caballito trotador en compañía de un granjero post-soviético que aún no ha descolgado la foto del camarada Lenin del salón desvencijado de su dacha, le parecerá casi demasiado cortometraje, demasiada comodidad. ¡Pero cuidado!, porque Almaz, del multilaureado Victor Asliuk, no es precisamente un remake de la Mula Francis ni una exégesis documentalista de El señor de las bestias. De pronto, la primavera edénica del campo bielorruso, se transforma (de forma ilógica) en el temible invierno siberiano, y los colores del campo florido por el que trotaba Almaz con la despreocupación de un Bambi son cubiertos por la nevada y el viento de la taiga. Se avecina tormenta. Lo que parecía hasta entonces el cortometraje idílico de un caballito y su buen señor, un corto que rozaba sospechosamente una técnica correcta y un guión timorato, da de repente un giro hacia la tragedia. ¡Ojo!, una tragedia cotidiana, sí, y soportable, si, pero inesperada. Victor Asliuk, como se suele decir coloquialmente, es un listo de tomo y lomo. Su larga experiencia rodando documentales le otorga capacidad para llevarnos al punto crítico invisible, al punto en que nos decimos, «aquí hay algo que no funciona, aquí hay algo que no puede ser, aquí hay gato encerrado». Victor Asliuk nos engaña vilmente planteándonos un film que a primera vista no pasa de ser un docu como hay miles, filmados con elegante corrección, eso sí, eligiendo una fotografía casi perfecta, claro, incluyendo toques de maestro, como no podía ser de otra manera, pero obligando al espectador a sospechar continuamente de la verdadera seriedad de lo que se nos está contando. Por supuesto, no todo es edénico ni adánico en Almaz, sobre todo el final. El agricultor ronca como un muzhik en su camastro y el caballo del señor Asliuk no siempre se pasa todo el tiempo haciendo el gandul por ahí. También es sometido a los trabajos del campo, como el que más, y ayuda en la siega, o tira del arado, o incluso acarrea tractores al grito de «¡Adelante cabrón!» La gracia del cortometraje Almaz tiene que ver con ese jodido don de la oportunidad con el que pocos directores de documentales han nacido. O eso, o Victor Asliuk nos ha colado un pasaje completamente ficticio, uno de esos trucos ficcionales que en el mundillo del cine documental no está nada bien visto. En mi opinión, el truco fabulesco, si está bien colocado, si está bien rodado y es completamente necesario para cerrar el círculo narrativo, sobre todo de los cortos, no tiene por qué levantar ni la desconfianza ni la queja. Sería como decir que la vida es vida sólo y cuando todos decimos la verdad. Exactamente en el minuto 20 de metraje (a 10 para el final), llega lo que yo llamo el «momento del trance». Disculpen la arrogancia. Se trata de ese punto narrativo en que se nos sugiere que algo va cambiar. En el corto de Victor Asliuk, ese instante llega en los planos (que por otra parte son los mejores de la película) en que el caballo Almaz queda terriblemente hipnotizado a la orilla de un lago mientras contempla el reflujo misterioso de las olas. ¿Qué es lo que ve de pronto el caballo Almaz en el fondo del espejo de las aguas? Quien haya leído literatura medieval y esté familiarizado con las visiones del agua (el pozo… el lago…) sabe que nada bueno le depara la diosa fortuna al caballo Almaz.

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