Domingo J. González (Digital 104)

El hombre desaparece

El hombre desaparece

Una visita

Matej Bobrik / 11′ / 2013 / Polonia

El hombre congelado

Carolina Campo Lupo / 83′ / 2014 / Uruguay

Entre la programación que consigo ver de MiradasDoc me conmocionan dos títulos en particular: el cortometraje Una visita -en polaco Odwiedziny- y el largometraje uruguayo El hombre congelado. Son dos obras observacionales, radicales cada una a su manera, pero distintas, muy distintas entre sí. Quiero hablar de ellas, aunque creo que no son dos obras de las que pueda hablarse demasiado. Al fin y al cabo, si se me graban en la memoria, si destacan entre el resto de los contenidos que veo -muchos de una alta calidad, por cierto-, será porque de alguna forma han ido a parar a mi parte más sensorial, han tocado en mí eso que menos puede describirse con palabras. Lo intentaré.

Una visita pudo verse la segunda noche del festival como uno de los trabajos que competían por el premio a mejor cortometraje internacional. En él, su director, el eslovaco Matej Bobrik, nos  adentra en la realidad de una inquietante residencia de ancianos perdida en medio del bosque. ¿Una residencia de ancianos? Eso leo después en la sinopsis. A veces pareciera más un centro para enfermos mentales. Da igual, en realidad. Lo que nos atrapa es la expresividad de sus planos que describen sin necesidad de diálogo la fragilidad de los ¿pacientes?, ¿huéspedes?, ¿reclusos? del centro. Es domingo, el único día en el que están permitidas las visitas. Los vemos vistiéndose, siendo afeitados, cogiendo aire en el jardín… y poco a poco vamos situando la residencia en su inverosímil contexto. Se palpa el aislamiento. Uno se imagina en fuera de campo la vida, las prisas de la ciudad, las tonterías que nos ocupan durante las horas del día. De pronto, uno viaja mentalmente hacia esa ciudad imaginaria e intenta averiguar cómo se vería esta otra realidad, la de la residencia. Y nos damos cuenta de que simplemente no existe. Está tan bien oculta en el corazón del bosque que no corremos el riesgo de que nos pueda incomodar, de que pueda obstaculizar nuestro camino diario. A estas alturas, la implicación emocional es tan alta que cuando la jornada termina y los ¿pacientes?, ¿huéspedes?, ¿reclusos? vuelven a su triste realidad, lloramos con ellos. ¿O será que realmente tienen miedo a la tormenta que está comenzando fuera, en ese bosque profundo, oscuro y misterioso?

Nutriéndose de seres humanos y de naturaleza, pero muchos pasos más hacia la abstracción, se sitúa el largometraje El hombre congelado, dirigido por la uruguaya Carolina Campo Lupo, que competía en la sección de Ópera prima. ¡Una ópera prima! Muy sorprendente y muy esperanzador. La película comienza introduciéndonos también en un entorno cerrado y desconocido. Esta vez es un barco que viaja hacia la Antártida, aunque eso lo averiguaremos, o más bien lo deduciremos, mucho tiempo después. Desde sus primeros compases el largometraje enseña sus cartas, nos advierte de que lo que vamos a ver necesita más que de nuestra colaboración, de nuestra implicación. Leo después que la cineasta, presente en MiradasDoc, invitaba a los futuros espectadores de su película a “dejarse llevar”, a tener “una actitud abierta” para poder vivir “la experiencia” de la película. Estando de acuerdo con que es una película/experiencia, no creo que se trate tanto de dejarse llevar como de tener una implicación total en lo que vemos. Es decir, el documental requiere a veces del abandono, efectivamente, de dejar de pensar y lanzarse a sentir, de permitir a nuestra imaginación echarse a volar, perderse en sus propios recovecos y volver a la pantalla, como lo hace todo el arte abstracto que consigue capturarnos. Pero hay otras ocasiones, especialmente en los primeros compases del documental, que necesitamos estar atentos, muy atentos, porque la información básica que se nos da nunca se subraya, discurre libre por ese plano largo que más de una vez corre el peligro de desesperarnos. En realidad, lo hace, lo de desesperarnos, y la directora convierte esa desesperación también en parte esencial de la película/experiencia en la que estamos viviendo.

Durante su primera media hora y a base de planos largos y fijos, la directora nos enseña cómo es la vida a bordo de la embarcación. Es un primer tramo en el que el hombre, así en general y en abstracto, es el protagonista. Lo vemos trabajar, comer, jugar en sus ratos libres. Apenas, eso sí, lo oímos hablar. De hecho, situarnos ante un grupo de marineros a la hora de comer y no escuchar más que sonido de platos y cacharros, nada de voces, nos hace darnos cuenta de qué tipo de propuesta es la que tenemos delante. Sí es un documental, pero que está desarrollando una búsqueda más experimental, que quiere construir un universo propio con los fragmentos que elige de la realidad. De repente, en una película que hasta entonces nos ha hipnotizado a base de planos largos y sonido ambiente, de ruidos de maquinarias, de la contante música de las olas, aparece la música extradiegética. Es un momento de transición, como después comprobaremos.

A partir de entonces empezamos a comprender que el barco se dirige a la Antártida. Y lo hacemos sólo porque el paisaje va cambiando, el mar se va tiñendo de blanco y comienzan a proliferar las diferentes banderas, los diferentes barcos, en ese pequeño Babel científico que debe ser el continente helado. El hombre, así en general y en abstracto, comienza a compartir protagonismo con el entorno. Vemos a los marineros desembarcar, descargar las provisiones, trabajar… pero cada vez con mayor distancia, cada vez más pequeños. La película se va deshumanizando, se va borrando su componente humano. Una nueva transición musical, con el barco ahora vacío, refuerza esa idea y da paso al clímax, un clímax largo, de otra media hora, en el que el paisaje se adueña completamente de la película. La Antártida, con sus rincones tan grandilocuentes como desérticos, llena la pantalla en planos que siguen siendo largos, pero en los que ya sólo hay naturaleza salvaje, tormentas de nieve, bruma. El hombre, así en general y en abstracto, ya no es nada en la inmensidad de la naturaleza.

Es una experiencia casi mística, religiosa dirían algunos, espiritual sin duda, propia de un romanticismo a lo Friedrich. Acaba la película y no puedo hablar de ella. No puedo explicarla. Me vienen a la cabeza referentes cinematográficos como aquella extraña joya que era Gerry, de Gus van Sant. Pero esto es otra cosa. Aquí el hombre ha desaparecido realmente. O quizás no. En esa composición final de encuadres sobre el paisaje helado, ha aparecido también la música. Es, como en las dos anteriores ocasiones, una pieza coral, se diría que religiosa, mística, casi un mantra, parece ruso o algo similar. Pero hay una diferencia, sutil pero esencial: ahora los cánticos parecen tener respiraciones, cadencias, sonido ambiental… No parece una grabación de estudio. Esa vida que se cuela entre las notas se acaba convirtiendo en lo único humano en medio de todo el paisaje desértico hasta que llega el final: un plano misterioso, bello, que puede resultar hasta inverosímil, pero que es plenamente real. Me ratifico: tiene que haber mucho de espiritualidad romántica en su directora. Y se me ocurre una idea que podría servir de conclusión a un futuro texto sobre la película: Si Friedrich hubiera tenido la posibilidad de hacer cine habría hecho algo similar a El hombre congelado. Lo utilizaré si algún día escribo el texto…

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