Francisco León

Dios es cuanto sabemos de la nieve

Dios es cuanto sabemos de la nieve

El hombre congelado

Carolina Campo Lupo / 83’ / 2014 / Uruguay / HD

Comencemos por dos asuntos básicos. El viaje y lo sagrado. La mutación del ser es la esencia de todo viaje verdadero. Existen, por un lado, los desplazamientos físicos, los periplos, las expediciones. Nos trasladamos de un lugar a otro continuamente, hacemos microviajes del cuarto de baño a la cocina, o viajes gigantescos desde Cabo Cañaveral a la Luna, y la mayoría de veces tal hecho no añade nada a nuestra existencia. De ahí que se afirme que el viaje auténtico es aquel que, de alguna manera, nos remonta hasta un lugar al que no teníamos pensado ir. Creo que era de Seneca el último adagio que el hijo del escritor Ernst Jünger escribió en su diario antes de entrar en batalla y morir. Nunca se va tan lejos como cuando no se sabe a dónde se va. Se trata del viaje iniciático, el que nos conduce, entre las evidencias de la vida, y más allá de ellas, hacia lo invisible, hacía novum, hacia los límites del pensamiento. En definitiva, hacia lo sagrado. No confundamos el sentimiento de lo sagrado, con la práctica de lo religioso. Tienen que ver, pero en absoluto son lo mismo. Los románticos alemanes inventaron el término sublime para evitar la confusión. Lo sagrado es una estadía mental, un sentimiento de tal sublimidad que la comunicación, tal como la concebimos, no es posible. En las máximas alturas de lo sagrado, el iniciado se dota (sólo momentáneamente) de la visión mística. Una forma de visión para la cual todo intento comunicativo resulta infecundo. Las palabras no sirven para absolutamente nada en esos niveles de percepción. Sólo el silencio puro, el blanco puro da noticia de la verdadera esencia que constituye aquello que estamos percibiendo. Lo sagrado pone al hombre al margen. Lo sagrado es, de natural, inenarrable. La visión se extasía, el ojo se queda paralizado, la lengua apenas puede moverse, el cuerpo se congela. Sólo el santo, porque ha habitado alguna vez allá arriba, o allá abajo, sabe que el único método para sentir y sobrevivir en el espacio de lo sagrado es el rezo, la oración, la melopea. Todo este prologuillo para poder hablar de uno de los documentales más hermosos de la presente edición de MiradasDoc, El hombre congelado de la aún joven realizadora uruguaya Carolina Campo Lupo. Mucho me temo, por desgracia, que tanto el tema como el estilo de Campo Lupo no serán del agrado de quienes este año se encuentran en la difícil tarea de premiar los trabajos seleccionados por el staff del festival. Desafortunadamente el plano extenso y fijo, el de más de treinta o cuarenta segundos de duración (y Campo Lupo supera ese crono no pocas veces), se asocia inmediatamente al cine de ensayo y pedantería. Y puede que sea cierto, pero sólo cuando los realizadores pretenden parecer a los demás unos filósofos del cine, un intelectuales de la cámara. Abusar injustificadamente de ese tipo de planos lentos, extensos, fijos, sin movimiento no sólo resulta complejísimo (el ritmo se ralentiza, las imágenes se vacían, la narración pierde fluidez), además suele llevar directo a la catástrofe. Pero, nada más y nada menos que con su primer largo (casi su ópera prima), Carolina Campo Lupo corrobora con El hombre congelado que, cuando la naturaleza del documental lo exige, la realización pude quedar reducida a su mínima expresión y, aún así, alcanzar cotas de una perfección formal por completo inusuales. Dicho de otra manera: cuando la necesidad se hace forma, la forma es lo de menos. Ya sabemos el cómo, pero ¿qué se nos cuenta en El hombre congelado? Un buque de la armada uruguaya se interna en el océano. No sabemos a dónde se dirige ni para qué. De pronto el mar se congela, los marineros militares desembarcan provisiones en una estación perdida en alguna parte solitaria del mundo. A continuación, hombres, buque y estación desaparecen definitivamente y el objetivo de la cámara redirige su atención a los paisajes vacíos y cubiertos de hielo en los que tan sólo hay maderas roídas por las olas, huesos de ballenas, témpanos, canchales… Los planos estáticos y largos se suceden hasta alcanzar el trance visual. La inteligencia creadora, es decir, el genio intuitivo de Campo Lupo opera a un nivel micrológico.  La simplicidad aparente de la propuesta aumenta la complejidad del intento. Pero nada queda al azar, no hay un solo plano innecesario y ninguno está cortado porque se acabe su anécdota interna. (Por ejemplo: dos gaviotas pardas se posan en las muras del barco. Allí está la cámara, quieta, paciente… Pero Lupo no corta la escena cuando las aves remontan el vuelo y desaparecen, sino cuando aún están allí.) En los ochenta minutos que dura el metraje de El hombre congelado que hemos visto en MiradasDoc, se pasa de los trabajos cotidianos que desempeñan los marineros en las fauces del barco (la primera escena es un tripulante barriendo la cubierta) a la desaparición total de la presencia humana, pero sobre todo, se pasa a la contemplación de un paisaje del que poco a poco, mediante el intercalado de cantos corales pertenecientes a la misa ortodoxa rusa, va surgiendo la impresión de un encuentro invisible con lo sublime, con los sagrado. Mientras el espectador se deja llevar por la apasionante propuesta de Campo Lupo, hasta caer en un trance envolvente del que no es fácil salir, resulta imposible no acordarse, sobre todo en los primeros treinta o cuarenta minutos, de la historia de Jonás que, encerrado por Javé en el interior de la ballena, saldrá al mundo reforzado de su fe. O las pinturas del alemán Caspar David Friedrich (El mar de hielo, por ejemplo) que captaron hace dos siglos lo sublime romántico por excelencia: los icebergs flotando sobre un mar de calma expectante. Otro acierto de El hombre congelado es la ausencia de la voz humana. No significa esto que Campo Lupo ruede en silencio, significa que la voz humana aquí está de más. No lo sabemos al principio, pero en realidad ese silencio del hombre es la primera señal de que nos dirigimos hacia las alturas místicas en que la voz humana ha de convertirse en canto, en oración o en silencio. No digamos nada de la fotografía, que sencillamente me parece magistral y que convierte sus motivos en fenómenos sublimes. Ha afirmado Carolina Campo Lupo recientemente que un director no hace la película que quiere, sino la que puede. Estoy completamente de acuerdo, y no sólo por las limitaciones técnicas y económicas que rodean siempre el hecho cinematográfico, sino porque, en cine documental, la mayoría de las veces lo importante para la consecución de film sale al paso durante el proceso. El problema es que, también la mayoría de veces, el director no capta la irrupción de aquello que convertirá su obra en algo verdaderamente interesante y digno de ser visto. Como sugería Heidegger, el creador debe ser un radar, debe estar abierto, receptivo, y olvidarse de sí mismo. Campo Lupo supo percibir aquello que, en un momento determinado, elevaría su película a rango de obra de arte. Se dejó llevar por esa llamada y ahora nos entrega un trabajo en el que la visión de lo sagrado en los límites del mundo es, al mismo tiempo, el mensaje y la técnica.

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