El mundo en corto

Un cortometraje debería ser a un largometraje lo mismo que un poema es a una novela. Se trata de entidades creativas que habitan una misma materia, pero que se sirven de ella para hablar en idiomas diferentes. Tendemos a creer, y ojalá fuera así —cuántos problemas nos evitaríamos—, que nos contentaríamos con la idea de que en esa ecuación se sustituyera poema por relato, de manera que en lugar de una explosión de los sistemas que rigen el tiempo el cortometraje se convirtiera en una suerte de miniatura de largo —que tampoco sería lo mismo que un largo en miniatura. Pero lamentablemente la cuestión es mucho más compleja de lo que revela ese mero intercambio de conceptos. En nuestro pensamiento nos imaginamos que un buen cortometraje, como un haiku clásico o una coplilla mínima, sucede fuera del tiempo porque aspira construir, precisamente, una imagen del tiempo. Allí donde un largo es todo relato un corto es puro lenguaje. Se parece, sí, pero no es lo mismo a poco que se escarbe. Un cortometraje es lenguaje cinematográfico hablado en idioma puro, es secuencia traducida a una lengua estricta, concreta y fija. No cuenta: pronuncia. No relata: esculpe. No narra: pinta. No quiere decir, simplemente dice. Como esas fotografías que encapsulan un relato y permiten, cuando las contemplamos, ir hacia delante y hacia atrás en el tiempo, un cortometraje construye la realidad a partir de sí mismo y elimina de la realidad todo aquello que no le es consustancial, todo lo sobrante, todo exceso. Igual que es lenguaje en estado puro, es también realidad en estado puro. La estructura mínima y suficiente de sentido que un cortometraje es supone la radicalización de lo real: igual que sucede con el poema. Entregado a la escucha del resonar de ese lenguaje, el director de un cortometraje debe permitir que el lenguaje hable con él, y sea él quien diga, esculpa y pinte. Desposeído de su derecho de contar, el creador se convierte en un intermediario propicio entre lenguaje, ser y mundo. Es por esto por lo que el protagonista de un largo es siempre un personaje, y por lo que en muchas ocasiones el protagonista de un corto es un objeto, vivo o muerto, del que lenguaje se sirve para propósitos confesables. Y su espectador, obligado a escuchar y aprender un idioma nuevo, un ritmo interno que el cine inventó para sí mismo, se convierte en aliado del éxito. El espectador, que debe reconstruir lo que la imagen dice, y todo lo que el autor no fue capaz o no pudo decir. Esto es lo que convierte al cortometraje en un género mayor, y lo que le otorga larga vida. Lenguajes diferentes, mundos diferentes, y una sola materia.

 

A lo largo de nueve ediciones MiradasDoc ha ido ofreciendo al público una hermosísima colección de cortometrajes procedentes de los más variados paisajes humanos. La caída cruel y el amable maravillarse nos han acompañado, tarde tras tarde, para recordarnos que el camino de lo nuevo siempre tiene un comienzo: cuando alguien, desde el territorio juvenil del pensamiento, quiere, de cierta manera, comenzar a defender algo: una materia, una historia, su propio trayecto. Con motivo de la X edición de MiradasDoc hemos decidido ofrecer, precisamente, una trayectoria, por fuerza incompleta y necesariamente abierta, del camino que el cortometraje documental ha recorrido con nosotros a lo largo de estos años. No están todos los que son, ni son todos los que están: se trata de una muestra, un calada, un bocado de ese lugar de exploración y de búsqueda que ha convertido al cortometraje en la gran escuela del cine. En ocasiones, hemos coincidido con el jurado y mostramos la película ganadora de una edición, pero en otros hemos preferido confiar en aquello que la memoria eligió depositar en nosotros, en aquello que, incluso también para nuestra sorpresa, decidió formar parte de lo “memorable”. Gracias por haber compartido MiradasDoc con nosotros. ¡Que la disfruten!

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