El ser humano supeditado a la técnica moderna

Fotograma Superunit

06 nov El ser humano supeditado a la técnica moderna

SUPERJEDNOSTKA / SUPERUNIT / SUPEREDIFICIO

Teresa Czepiec / 20’ / 2014 / Polonia

 

El nocilla Eloy Fernández Porta, en su libro Homo sampler. Tiempo y consumo en la era afterpop, se plantea si existe la posibilidad de entender nuestro tiempo desde nuestro tiempo, con lo que retoma, de este modo, el interrogante al que Bruno Latour lleva años intentando dar una respuesta consistente. La tesis de Latour al respecto es rotunda: dejando al margen el debate teórico entre modernos y posmodernos, la clave pasa por lo que al final termina haciéndose, esto es, por la plasmación material que acaba dando forma estética a la abstracción del discurso. En relación a los diferentes estudios sobre la modernidad sostiene Latour que el problema que presentan es la proyección de un discurso de futuro sin que apenas hayan logrado abandonar el pasado, con lo que resulta imposible superar el idealismo y entrar, por tanto, en el terreno de la emancipación humana, la mayor aspiración que puede proporcionar la modernidad, según la opinión de Alan Finkielfraut, aunque casi siempre –sostiene– esos dulces deseos de emancipación terminen siendo sustituidos por una técnica deshumanizadora en la que lo virtual devora codiciosamente a lo natural.

El espléndido corto documental Superjednostka de la polaca Teresa Czepiec (sin duda uno de los mayores aciertos de la programación de MiradasDoc de este año) intenta plasmar en imágenes el presente desde el presente (o sea, la modernidad materializada), y lo hace mediante un atractivo uso de la metáfora visual y un cuidadoso manejo del humor –la presencia del humor siempre es de agradecer–. Superjednostka narra el día a día en un monstruoso bloque de apartamentos que funciona como una “máquina de la vivienda”: hasta tres mil personas pueden vivir distribuidas a lo largo de sus interminables quince plantas. Sin embargo, dentro de ese colosal triunfo de la técnica moderna se consolida la asfixiante burocratización estatal de principios del siglo XX denunciada por Kafka en El proceso o por George Orwell en 1984, al encontramos ante un escenario que posee una decidida voluntad de proyección hacia el futuro pero en cuyas entrañas se perfila la renuncia del ser humano hacia cualquier tipo de utopía emancipadora. Porque los residentes de ese bloque de apartamentos (cuyas vidas son exhibidas en un acelerado montaje de viñetas, en una narración que recuerda a la que ya experimentaron John Dos Passos en Manhattan Transfer o Camilo José Cela en La colmena) son seres rendidos gustosos y mansos al confort más grasiento, prosaico y elemental de la vida moderna y carecen de todo interés por indagar en lo que Heidegger denominó la esencia (Wessen).

Como ha señalado Diego Sánchez Meca, en Heidegger la esencia es “lo que desvela el ser, su sentido desarrollado a partir del descubrimiento con el que se inicia una época del ser”. Ese horizonte de significado, ese proyecto metafísico se ve truncado, según Heidegger, por la presencia de la técnica moderna, una técnica que alcanza su plenitud en representaciones como el bloque de edificios que aparece en Superjednostka. Esa realidad concreta, esa especie de grotesco leviatán al servicio del consumo artificial y de la descarada comercialización instrumental, sólo sirve, en opinión de Heidegger, para alejarnos de la racionalización originaria y dar por concluido el proyecto metafísico del que dicha racionalización forma parte.

Dentro de ese escenario de la técnica Heidegger distingue tres características principales: la planificación, la usura y la uniformidad. Por planificación se entiende “la organización sistemática de todos los dominios del ente”, esto es, la fragmentación de una realidad hasta empequeñecerla, como los múltiples apartamentos que vemos en Superjednostka. Por usura se entiende el funcionamiento de la técnica (en este caso el bloque mismo) para el fin exclusivo de la conservación y supervivencia del proyecto humano. Y por uniformidad Heidegger interpreta el vacío y la pérdida de diferenciación a la que la técnica nos conduce (realmente si algo caracteriza a todas y cada una de las vidas que salen a lo largo de Superjednostka es que todas ellas se han diluido en el extremo olvido del ser). Ante este nihilista escenario, la propuesta de Heidegger, tal y como resume Sánchez Meca, es que los poetas y los pensadores presientan “el comienzo de una salvación posible comprendiendo justamente el extremo olvido del ser como tal, propio de la esencia de la técnica”.

Lo que no nunca llegó a admitir Heidegger es que incluso en un escenario decadente como el bloque de apartamentos que se muestra en Superjednostka es posible que brote con fuerza la figura de un poeta y un pensador adaptado, sí, al mundo técnico pero que a la vez tenga la voluntad de indagar en esa compleja comprensión que reclama Heidegger y, por supuesto, de llevarla al lenguaje, el único territorio donde el ser humano se da a sí mismo y, por consiguiente, puede entrar en contacto con la revelación del ser. Pienso, por ejemplo, en la figura emergente de Sergio Barreto, uno de los mejores poetas y escritores españoles de la actualidad y cuya mayor obsesión es la preocupación por el lenguaje, por los límites y posibilidades que éste encierra. Barreto logra en su obra que cada palabra tenga una justificación medida y trabajada (la sensación de originalidad, de descubrimiento, sólo se consigue con horas de trabajo). En sus imágenes el lenguaje se busca a sí mismo para dar con lo que Heidegger llama Ereignis: “el acontecimiento no histórico por el que seríamos reapropiados al ser”, según recoge Sánchez Meca. O sea que mediante el Ereignis se puede traspasar con el pensamiento la barrera de la técnica. Y Barreto es capaz de hacerlo desde los bajos fondos de la técnica misma, porque para construir su obra y su mundo no necesita refugiarse en la cabaña cerca del Bosque Negro como hizo Heidegger, sino que puede lograrlo habitando tranquilamente cualquiera de los apartamentos que aparecen en Superjednostka. ¿Tendrá la posmodernidad la culpa de ello?

 

Benito Romero

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